A esa paloma de piedra, que te debo la suerte encontrada tras la puerta, porque no crucé la mirada con otra intención que de un morir de protestas, de mellas y crudas penas, saciante guardia que me talló, cuando sentí el ser igual que tú; en la deuda del silencio.
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Crecer de la nada.
Las señales del olimpo se marcan desde las virtuales complejidades del paradisiaco virginal sueño al sutil desdeñado intrincado visio...
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